El Sevilla FC atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia reciente, no solo en el césped, sino en el corazón de su masa social. La derrota ante el Levante ha dejado al equipo de Nervión en una situación límite, asomado a los puestos de descenso y con una fractura grada-palco que parece ya irreparable.
Una asistencia bajo mínimos en el Ramón Sánchez-Pizjuán
La imagen del pasado encuentro fue el reflejo de la desolación que vive el club. Apenas 25.303 espectadores acudieron al estadio, una cifra inusualmente baja que no puede justificarse únicamente por el pronóstico de lluvia. La realidad estadística es contundente al comparar este dato con el pasado reciente:
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Temporada pasada: En la segunda vuelta, pese a ganar solo un partido en casa (ante la UD Las Palmas), la media superó los 35.000 espectadores.
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Actualidad: Una pérdida de confianza que se traduce en más de 10.000 asientos vacíos en un momento crítico.
El señalado: José María del Nido Carrasco y su gestión
El malestar de la afición apunta directamente a la planta noble. La gestión de José María del Nido Carrasco y su Consejo de Administración es vista por gran parte del entorno como una herramienta de desensibilización. La sensación general es que la directiva ha logrado su meta de «adormecer» a una de las aficiones más pasionales de España.
Este desapego es el síntoma más peligroso para la entidad. Cuando el sevillismo, históricamente volcado con su equipo en las malas, empieza a elegir otras actividades que le aporten «más felicidad» antes que acudir a su estadio, el club pierde su motor principal de resistencia.

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El peligro real de los puestos de descenso
Más allá de la grada, la situación deportiva tras caer ante el Levante es alarmante. El equipo no reacciona y la deriva institucional lastra cualquier intento de mejora en el campo. La desconexión es total: el Consejo parece centrado en la guerra accionarial mientras el primer equipo se desangra en la clasificación.
La desmotivación ha calado hondo y el «voto de castigo» ya no son pitos, sino el silencio de las localidades vacías. El objetivo de la directiva parece cumplido, pero el precio a pagar podría ser el abismo de la Segunda División.